ARTURO ANDRES ROIG

ELABOREMOS NUESTRO PROPIO VINO (VAZ FERREIRA)
 C ADA vez estamos más convencidos de. la unidad cultural que hace de Latinoamérica un continente con perfil propio, como también lo estamos de la rica diversidad que se integra armónicamente en aquella unidad. Grandes zonas culturales dan forma a este continente que ahora tal vez con más fuerza que nunca despierta con viva voluntad de darse una misión y un destino en la historia. El Río de la Plata constituye sin duda una de esas regiones que ha tenido conciencia de su diferenciación y a la vez de su integración con el resto continental. Basta poner algunos nombres ilustres para probar lo dicho con evidencia. El argentino Juan Bautista Alberdi, en Montevideo, antes de promediar el siglo XIX, hizo aquel famoso llamado en favor de una “filosofía americana”, que era a la vez “filosofía nacional”: años más tarde, al rayar el siglo XX y también desde Montevideo, un uruguayo entrañablemente unido a nosotros, José Enrique Rodó, invocó nuevamente la necesidad de una tradición unitaria y provocó uno de los movimientos más agudos de autoconciencia continental; Carlos Vaz Ferreira, de quien deseamos hablar ahora especialmente, adoptó esa misma rica actitud dialéctica de afirmación de unidad y diversidad de lo latinoamericano. Se sintió uruguayo, mas también se sintió hermanado con la región cultural dentro de la que lo uruguayo forma parte, ese mundo rioplatense que a pesar de momentos nacionalistas a veces estrechos, sigue vivo en su unidad y que hace que uruguayos y argentinos nos sintamos tal vez más hermanos frente a los demás hermanos. “Estamos tan cerca —decía— «como tan unos, tan los mismos, que no podemos hablar sino familiarmente” (Obras Completas, tomo XVIII, p. 94). Mas, este “hablar familiar” no implicaba en su pensamiento un olvido de la “Gran Patria Americana” de Rodó, de Ugarte o de Vasconcelos. De ahí que la hermandad argentino-uruguaya se resolviera en última instancia para Vaz Ferreira en una tarea continental. Hay para él “un deber colectivo, continuo y sostenido, de esfuerzo individual, de patriotismo nacional y de colaboración y fraternidad continentales”, que es deber para América toda o para todos nosotros en cuanto americanos. Esa unidad y ese deber de los que nos hablaba el maestro uruguayo, sólo son posibles de ser realizados y cumplidos con una actitud creadora, para la cual todos sus escritos son sin excepción una convocatoria permanente. “Nuestra Sud América —dice —ha sido y ha tenido que ser forzosamente, al principio, un continente imitador” (Ibidem, p. 73); la crisis de los modelos, consecuencia fecunda para nosotros de dos dolorosas guerras mundiales, nos obliga a ponernos alerta tanto respecto de nuestra actitud imitativa, como de los modelos mismos; debemos sin duda alguna “conquistar otra independencia”, que no es ni más ni menos que la de asumir para nosotros lo que entendamos que es valioso en sí mismo y no porque sean valores propuestos por las naciones miradas como paradigmáticas en cada momento histórico. La primera vía para alcanzar aquella actitud creadora será la de difundir y organizar entre nosotros —y esto es tarea según pensaba Vaz Ferreira para las universidades sudamericanas— el “sentido crítico” que nos permita despojarnos de toda actitud pasiva frente a los modelos consagrados ¡(Ibidem, p. 73). La segunda tarea será, en términos de un hermoso ejemplo que nos ha dejado Vaz Ferreira, la de elaborar nuestro propio vino. “Supongamos un fabricante de levadura -—nos dice—- que hubiera sabido producirla de una calidad superior, casi única, y que al mismo tiempo con esa levadura hubiera querido hacer vino, y le hubiera salido malo, agrio, tóxico. De él deberíamos utilizar la levadura fecundísima para hacer cada uno vino a nuestro modo. El que él fabricó es secundario” (Inéditos, Obras Completas, tomo XX, p. 195). Subrayemos lo capital de este ejemplo, lo que Vaz Ferreira nos dice en sus palabras finales: sea agrio o no el vino que hacen otros, no es el vino nuestro y la tarea que tenemos por delante es la de asumir fermentalmente, con palabra vazferreiriana, toda la cultura de la humanidad, en lo que ella tiene de impulso creador, para crear nuestra propia cultura. Sólo de este modo tendrá sentido hablar de unidad y diversidad culturales, en la medida que aquel espíritu de imitación servil que lamentablemente tantas veces imperó entre nosotros, significa dispersión y desconocimiento de nosotros mismos. La unidad implica realidad sustancial, supone necesariamente la realidad de un sujeto y sobre todo de un sujeto que se afirma como tal y que se tiene a sí mismo como valioso. Nuestro mundo latinoamericano actual vive sin duda estas ideas' y estos sentimientos. La bandera de la liberación del continente es ondeada en todos los órdenes de la cultura, en todos sus planos: económico, político, filosófico. No hay duda que ya estamos lejos de aquella psicología que denunciaba Vaz Ferreira como propia del sudamericano y que consistía en no procurar “ni ver ni hablar por nuestra cuenta”, en estar “pasivos y receptivos” (Moral para intelectuales, Obras Completas, tomo III, p. 41), como tampoco cabe duda alguna que nuestro estado actual de auto-conciencia que caracteriza la nueva psicología sudamericana, debe su transformación en gran parte a la obra admonitoria y elevadamente docente de estos grandes hombres que en el pasado inmediato denunciaron con fuerza nuestros defectos. Entre ellos Vaz Ferreira ocupa un puesto indiscutible. Arturo Andrés Roig (Catedrático de Filosofía de la Universidad de Cuño, Mendoza, Argentina)



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