JOSÉ PEDRO VARELA
1845-1879
Marta Demarchi y Hugo Rodríguez
En el principio
fue la democracia
En 1830, la República Oriental
del Uruguay juró su primera Constitución como país independiente. A partir de
ese año se sucedieron tres presidencias constitucionales, pese a los disturbios
que los poderes públicos debieron enfrentar. A estas presidencias inestables,
sucedieron once años de guerra. Hacia 1830, el país no tenía sino 74.000
habitantes. En 1852, tras los once años de guerra, el primer censo nacional
registró casi 132.000. Fundamentalmente, la campaña estaba despoblada como
consecuencia de una gran corriente emigratoria hacia Brasil y Argentina. Un
poco más de la quinta parte de la población estaba constituida por extranjeros.
En el censo de 1860, se registran 221.248 habitantes, un 35% de extranjeros. Es
de señalar que en Montevideo, casi la mitad de la población era extranjera (48
%). En la conformación del pensamiento político-social del Uruguay es muy
importante el aporte inmigratorio, no sólo en lo que concierne a la demografía,
sino también en lo relativo a la contribución de nuevas ideas, costumbres y
concepciones del mundo. Esto será particularmente visible en lo que se llamaría
luego la cuestión religiosa. Las aspiraciones personales de los caudillos
primero, la acción de los partidos políticos después, dirigidos por esos mismos
caudillos, sus enfrentamientos, generaron largos períodos de perturbación y
desorden. A la inestabilidad institucional siguió naturalmente el escaso
desarrollo económico y aun el empobrecimiento. Al mismo tiempo que las
situaciones caóticas se sucedían con intermitencia, las potencias europeas
siguieron con mucha atención el desarrollo de los acontecimientos y por su
parte las capas cultas minoritarias se fueron europeizando progresivamente. El
Uruguay de entonces contaba con un ordenamiento institucional vaciado en los
más calificados moldes del pensamiento político de entonces. Pero las prácticas
sociales no se regían por esos moldes. Nuestra República no tenía republicanos
que la hicieran creíble. La modernización del país en esas condiciones aparecía
como imposible. Tal es la situación que percibe José Pedro Varela cuando se
plantea la tarea de construir un sistema de educación común. Es precisamente
sobre la base de la educación popular como será posible hacer vivir el sistema
democrático que ya declaraba nuestra Constitución. “En un gobierno despótico
las facultades humanas son mutiladas y paralizadas; en una república crecen con
intensa fuerza y se producen con incontrastable impetuosidad [...] De aquí que
la ignorancia del pueblo bajo el gobierno despótico sea una causa de desgracia,
de aniquilamiento y de impotencia, pero no un peligro; mientras que la
ignorancia, bajo el gobierno republicano, es una amenaza constante y un peligro
inminente [...] La ignorancia bajo el despotismo produce ese orden enfermo que
Alfieri llama una vida sin alma: bajo la república incuba y produce los
motines, las asonadas, las revueltas constantes, la violación de las leyes, el
falseamiento de las instituciones [...] el caos ocultándose bajo el título y
las formas aparentes de las instituciones libres”. Más adelante agrega: “El
gobierno democrático-republicano supone en el pueblo las aptitudes necesarias
para gobernarse a sí mismo [...] El sufragio universal supone la conciencia
universal, y la conciencia universal supone y exige la educación universal. Sin
ella la república desaparece, la democracia se hace imposible”
. Un hombre de su
tiempo
Transmitir la dimensión exacta de
Varela sirviéndonos de los datos corrientes que usan los biógrafos es una tarea
imposible. Si se hiciera de este modo presentaríamos a un hijo de comerciantes,
comerciante él mismo, poeta juvenil, periodista, metido a político y reformador
de la enseñanza gracias al encuentro afortunado con algunos personajes de su
época (Sarmiento, Horacio Mann, Víctor Hugo). Su formación intelectual y su
aventura personal recorren, sin embargo, otros caminos. Nació el 19 de marzo de
1845 en la ciudad sitiada de Montevideo. El país vivía la llamada Guerra
Grande. En algún sentido, era el producto de una guerra civil que enfrentaba a
unos uruguayos con otros, a sitiados con sitiadores. Pero también era mucho
más. Era un conflicto regional que involucraba a los países vecinos, a sus gobiernos,
a sus ejércitos […], y aún más, a grandes potencias europeas. En otro sentido,
fue una guerra francesa y británica y los centros políticos europeos decidieron
en un momento la participación directa de Garibaldi, llamado luego a desempeñar
un papel esencial en la unidad italiana. Tal vez como en ningún otro período de
su historia, el Uruguay estuvo en el centro de la preocupación internacional.
Habría que agregar que los emigrados argentinos, altos exponentes del
movimiento intelectual de su país, perseguidos por el régimen de Juan Manuel de
Rosas, encontraron refugio en la ciudad sitiada. Más allá de la confrontación
bélica, la situación de la Guerra Grande fue una fecunda instancia de debate
ideológico. En este clima, la familia de Varela fue una familia comprometida
con la defensa, con los sitiados. Su padre, en plena guerra, tradujo una obra
francesa sobre la enseñanza regular de la lengua materna. Nos parecen pistas
significativas sobre el clima social y familiar, cargado de preocupaciones
políticas y culturales, donde Varela comenzó su formación. En 1865, comienza la
publicación en la Revista Literaria de una serie de artículos polémicos en
torno a la religión. Ese mismo año, y en la misma revista publica, un artículo
sobre los gauchos donde se revela ya la influencia de Sarmiento que luego será
reconocida explícitamente. En un enfoque de tono sociológico, analiza una —no
la única— de las causas de nuestro estancamiento moral y material: “No
necesitamos poblaciones excesivas; lo que necesitamos es poblaciones
ilustradas. El día en que nuestros gauchos supieran leer y escribir, supieran
pensar, nuestras convulsiones políticas desaparecerían quizá. Es por medio de
la educación del pueblo que hemos de llegar a la paz, al progreso y a la
extinción de los gauchos. Entonces el habitante de la campaña a quien hoy
embrutece la ociosidad, dignificado por el trabajo, convertiría su caballo, hoy
elemento de salvajismo en elemento de progreso y trazaría con él el surco que
ha de hacer productiva la tierra, que permanece hasta hoy estéril, y las
inmensas riquezas nacionales, movidas por el brazo del pueblo trabajador e
ilustrado, formarían la inmensa pirámide del progreso material. La ilustración
del pueblo es la verdadera locomotora del progreso”3 . Si nos referimos
solamente a este texto, encontraremos a un Varela enemigo de las revoluciones.
Y en cierto modo, esto puede ser cierto. Se oponía a los levantamientos
bárbaros en los que los caudillos utilizaban la adhesión ignorante en beneficio
de sus intereses. Pero es bueno recordar que ese mismo año y en la misma
revista identifica el progreso con las revoluciones verdaderas: “Las luchas del
pensamiento, luchas lentas pero tenaces, y que se operan en medio de una paz y
de una tranquilidad aparentes, conquistan el mundo moral; pero llega un día en
que las nuevas ideas bullen en todas las cabezas, quieren sobreponerse a los
errores y a los crímenes del pasado. Es entonces que la resistencia del pasado
produce la revolución, pero no la culpemos a ella de la sangre y de los
sacrificios que cuesta al mundo; culpemos sí al despotismo y al crimen que
pretenden detener la corriente civilizadora del progreso”. La Revista
Literaria, que tuvo en Varela a uno de los colaboradores más consecuentes, dejó
de aparecer en mayo de 1866. Un poco antes, en diciembre de 1865 ya había
presentado su renuncia porque el director suprimió algunos párrafos de un
artículo suyo. Prácticamente con la separación de Varela desaparece la revista.
Quedaba documentada su indeclinable adhesión al principio de la libertad de
imprenta. Sin embargo, bien pronto reinicia su trabajo de publicista. En 1866,
colabora con el periódico El Siglo. Desde esas páginas toma posición en la
polémica desatada por la obra y la vida del chileno Francisco Bilbao, vigoroso
pensador de decisiva influencia en su formación filosófica. En esa matriz se
conforma la etapa racionalista de Varela. Precisamente a través de Bilbao
recibe la influencia de los pensadores racionalistas cristianos, Lamenais,
Michelet, Quinet y Renan quienes constituyen la vertiente francesa del
pensamiento racionalista de Varela. En el primero de esos artículos, “Francisco
Bilbao y el catolicismo”, contrapone la prédica y la vida de Bilbao con las
prácticas intolerantes del clericalismo católico: “Los enemigos de las nuevas
ideas, los representantes de un pasado luctuoso, que sin embargo quieren
apropiarse todos los progresos del mundo, se complacen en herir uno por uno a
todos los hombres que han luchado y que luchan por romper algunos de los
eslabones de la ominosa cadena de la preocupación [...] La doctrina católica es
mala, es fatal, pero el sacerdote católico que por ella se sacrifica y por ella
muere, es noble y es digno de consideración y de respeto. Esa es la doctrina
racionalista, y eso es lo que pediríamos al catolicismo si el círculo mezquino
de las creencias católicas dejara a sus adeptos la posibilidad de comprender la
grandeza de la tolerancia”5 . En el segundo, con el título “La Iglesia Católica
y la Sociedad Moderna”, afirma entre otras cosas: “El ideal moderno es la
democracia. El reino de los cielos ha bajado a la tierra. Ya no basta a la
actividad humana un Dios que como Júpiter permanece inmóvil en su trono, sin
que los dolores y las alegrías de los hombres lleguen a conmoverlo. Es necesario
un Dios que se encarne en cada hombre, que viva y que palpite con el corazón
del pueblo. No un Dios de muerte sino un Dios de vida [...] No profesemos
ningún culto, pero tengamos la religión del porvenir con la mirada fija en la
estrella de la justicia que nos alumbra; marchemos incesantemente preparando el
establecimiento de la democracia en la que el pueblo convertido en sacerdote y
en rey tendrá por guía y por Dios a la libertad”6 . Al término de este período
de consolidación racionalista metafísica, ya aparecen claramente diseñadas,
junto a la crítica al catolicismo, su preocupación por el pueblo y su
educación, por la democracia y por la libertad en todos los planos. El año de
1867 servirá para que Varela, a través de la experiencia recogida en su viaje a
los Estados Unidos de América vía Europa, agregue nuevos elementos a su
formación filosófica. Durante su viaje escribe crónicas para el diario El
Siglo. De la etapa europea de su viaje se recuerda siempre la entrevista con
Víctor Hugo, quien doce años antes había llegado a la isla de Guernsey como
desterrado político. Varela relata así el diálogo mantenido: — ¿Cuál es el
estado actual de su país? —No es muy bueno, señor. —Pero, ¿tenéis libertad de
imprenta? — ¡Completa! — ¿Tenéis Cámaras? —Por nuestra Constitución debemos
tenerlas; pero ahora bajo el pretexto de que estamos en guerra con el Paraguay,
el que domina no ha constituido aún el país.
El diálogo continúa y Varela da
cuenta de la división de los partidos políticos: “las guerras son más bien de partido
a partido que de nación a nación”, lo que, según Varela, se explica por un afán
de imitación a Francia. Y agrega, “somos una caricatura de la Francia”.
Respuesta de Víctor Hugo: “No, son ustedes una caricatura cuando copian sus
malos ejemplos; pero, son sus hijos predilectos, sus heraldos en la joven
América, cuando continúan el espíritu de la revolución”7 . De su viaje por los
Estados Unidos de América rescatamos su impresión de la educación
norteamericana y de la vigencia de la democracia: “[...] a todo hijo de su
madre puede considerarse candidato para la presidencia y aspirar a dirigir los
destinos de su país; es necesario que los ciudadanos sepan, no leer y escribir
(establezcamos la diferencia), sino pensar. La idea generalmente admitida por los
pensadores franceses que se ocupan de la educación popular es que ésta es muy
ventajosa porque el obrero inteligente produce más que el ignorante. A mayor
capacidad más beneficio [...] La de los Estados Unidos es explotar todas las
riquezas de la mina [...] Para esto los americanos toman a sus hijos y los
llevan de niños a las escuelas, adultos a los colegios, jóvenes a los mítines y
a la prensa, hombres a las legislaturas y a los Congresos. Es un trabajo y un
estudio permanente que hace posible que el hombre se revele a cualquier edad y
en cualquier esfera que se encuentre”7 . Varela parece hablarnos de un país que
ya hubiera realizado el ideal moderno de la educación permanente. Pero también
recoge con entusiasmo la impresión que le produce el sistema de educación
popular. Esta realidad se articula sin violencia con las concepciones
racionalistas incorporadas a través del pensamiento de Francisco Bilbao. “Se
trata de dar vida a ese algo inerte que se llama en Europa la masa popular; de
hacerlo un todo armónico que piense por sí y que obre con conciencia de sus
actos. Una vez que esta idea ha encontrado cabida en la mente, es decir, que se
reconoce la libertad como el principio vital, la primera necesidad para operar
la transformación es la escuela. Desde los albores de la colonia, al lado del
templo donde los libres pensadores discutían sus creencias, se eleva la escuela
donde educan sus futuros hombres [...] Empleando en ellas (las escuelas)
cantidades inmensas de inteligencia y de dinero la cuestión de la educación
popular, es pues, vital en Estados Unidos”8 . No es de extrañar, entonces, que
el tema de los recursos para la educación popular, el presupuesto, fuera
cuestión principal en el pensamiento vareliano. Varela regresa al país en
agosto de 1868. Había permanecido más de seis meses en Estados Unidos. Resulta
sorprendente su facilidad para entablar relaciones, que le permitió conocer con
bastante minuciosidad la vida política y social de ese país, su realidad
educativa y aun publicar allí un libro de poemas.
El debate pedagógico como espacio juvenil
Apenas llegado, comienza el
trabajo de propaganda y organización en torno a los temas educacionales. En
septiembre publica un artículo titulado “Don Domingo Sarmiento y la verdadera
demagogia” en el que escribe: “Los escritores sin conciencia sólo sirven para
los pueblos sin conciencia. Por eso es necesario revelar el mal de la
ignorancia que nos ahoga. El remedio verdadero es la escuela. Enseña el respeto
a la ley, el conocimiento del derecho, la virtud y la honradez”. Puede decirse
que la campaña por la educación popular ha comenzado formalmente. Pocos días
más tarde, los jóvenes universitarios fundan el Club Universitario. Es el
primer acto organizativo del pensamiento universitario, apoyado por la totalidad
de los catedráticos. En esa ocasión, Varela inscribe el tema educativo en el
marco más amplio de la modernización del país. Dice que sus ideas no son
originales, que triunfaron hace treinta años en Estados Unidos y alrededor de
diez en la mayor parte de los pueblos europeos. “La educación en verdad, es lo
que nos falta, pero la educación difundida en todas las clases sociales,
iluminando la conciencia oscurecida del pueblo y preparando al niño para ser
hombre y al hombre para ser ciudadano”. La Monarquía puede mantenerse con
pueblos ignorantes, la República no. “Es necesario, para hacer respetar la ley,
que el pueblo comprenda que es justa; y para que lo comprenda forzoso es que
esté educado [...] La mayor parte de nuestras disposiciones políticas están a la
altura de las más civilizadas del mundo. ¿Por qué, pues, teniendo leyes buenas
vivimos sin embargo en el caos? ¿Por qué las masas de nuestra población
ignorante y atrasada, ni conocen, ni comprenden, ni respetan la ley? El hombre
sólo obedece voluntariamente a lo que cree justo”. Como veremos más adelante,
Varela elabora en la práctica una pedagogía de la igualdad con sólidos
fundamentos teóricos. Esta idea ya aparece en su intervención pública, porque
la escuela común “tiene en las democracias la inmensa ventaja de aproximar y
fundir las clases sociales. Pobres y ricos, los niños que se eduquen juntos en
los mismos bancos de la escuela, no tendrán desprecio ni antipatía los unos por
los otros”. También recuerda allí que se trata de una reunión de convencidos,
de representantes de las capas cultas y que todo sería diferente “si hubiéramos
podido congregar aquí a algunos de los verdaderos hijos del pueblo”. Para un
problema que aflige a toda la nación reclama el concurso general: “Noble y
grande idea que, como todo lo que es verdaderamente popular, pide a todos los
hombres su concurso sin preguntarles sus creencias religiosas ni su color
político [...]” Pero su llamado más encendido está dirigido a la juventud; “es
a los hombres jóvenes a quienes me dirijo: es de los jóvenes de quienes todo
espero”14 . Pero no todo terminó con el discurso de Varela. El acto académico
se transformó en una asamblea espontánea que eligió una comisión provisional.
Más de doscientos participantes firmaron el acta. La comisión empezó a
trabajar. El Siglo convocó una reunión en la que ya aparecieron las primeras
divergencias. Para algunos, era un error considerar a la escuela como la
panacea. La réplica de Varela apareció en El Siglo: “Para mí, el niño no va a
la escuela a aprender, sino a adquirir los medios para poder aprender. La
escuela no puede ser un depósito de niños. Eduquemos al pueblo, eduquemos al
gaucho, pero no empecemos por decirle algo que no es cierto, reconociendo en
ellos un amor a la educación que no tiene ni puede tener la ignorancia, porque
la ignorancia es estéril, estacionaria, orgullosa.” La primera Comisión
Directiva constituyó con la presencia de altos funcionarios del Estado. En esa
oportunidad, vuelve a explicar fines y propósitos: “Es necesario dignificar al
maestro, ensanchar y mejorar la escuela, y para esto es necesario que la
escuela tenga existencia fija, continuada, inconmovible; que el maestro y el
niño, el que enseña y el que aprende, tengan vida física y vida moral asegurada
de los vaivenes de nuestra política. Hay que convencer a los padres de mandar
sus hijos a la escuela. Hay que convencer a los hijos que deben asistir a ella.
Hay que asegurarse que los hombres y los niños, las generaciones del presente y
las generaciones que vienen bendigan la educación. La Sociedad de Amigos no va
a fundar escuelas para reunir centenares de niños, sino a levantar y dignificar
a los ojos de todos al maestro y la escuela. Nuestra misión es de paz”. El
secretario de la Sociedad de Amigos de la Educación Popular, el periodista, el
polemista temible tiene 23 años. Al mismo tiempo que combate por la educación
popular, defiende la libertad y la democracia y plantea “la gran cuestión de
los tiempos modernos”, los derechos de la mujer. La sociedad en general y las
capas cultas en particular viven de sobresalto en sobresalto con este agitador
juvenil. A fines de 1869, se producen nuevas perturbaciones en el país. Pocos
meses más tarde, Varela es detenido y luego desterrado. En 1871 funda la
revista La Paz y más tarde El Hijo de la Paz. Los nombres elegidos son
emblemáticos. La Paz llega al fin en 1872 al país. Varela no se sentía un
militante político partidario. No encontró la política como un destino buscado.
Más bien los hechos políticos lo obligaron. En 1875, aparece como candidato al
Juzgado Ordinario. Pero ya cuenta con otras credenciales: en 1874 publica su
primera obra pedagógica, La Educación del Pueblo, y su preocupación fundamental
está claramente definida. Durante todos estos años la Sociedad de Amigos de la
Educación Popular no ha dejado de trabajar.
El proyecto Varela: una pedagogía de la igualdad
En su corta y fecunda vida,
Varela escribió dos obras pedagógicas. La primera, en 1874, La Educación del
Pueblo y, la segunda, en 1876, La Legislación Escolar. Pero su producción es
más vasta: comprende artículos periodísticos, conferencias y sobre todo sus
Memorias Anuales como Director General de Instrucción Pública y como Inspector
Nacional de Educación. Como todo buen proyecto pedagógico, está asociado a
propósitos políticos y sociales: en el principio fue la democracia, la gran
preocupación de Varela. No improvisa porque está convencido de que “la
educación es una verdadera ciencia”. Legislar sin el conocimiento de los hechos
es legislar en el vacío. Por eso necesita averiguar cuáles son las exigencias
de la educación para su época y para su país. Porque está claro que, aunque no
ocupa cargo público alguno, busca influir en la legislación educativa de su
tiempo. “Las leyes sobre educación, necesarias para responder a las exigencias
de nuestra época, de nuestras instituciones y de nuestro país, habrán de tener
en cuenta las siguientes condiciones: (1) Dar rentas especiales a la educación,
para ponerla al abrigo de las agitaciones políticas y de las crisis
financieras; (2) descentralizar la administración para estimular el interés y
la actividad local, y dar independencia a las autoridades y a la administración
escolar [...] (3) establecer un sistema gradual, que comprenda las escuelas
infantiles, escuelas primarias y secundarias, escuelas normales, y, si acaso,
colegios y universidades.” En estas primeras condiciones, aparecen ya ideas
fundamentales de su concepción de la educación popular. En primer lugar los
recursos, que además serán propios; las agitaciones políticas y las crisis
financieras eran los males que trababan el desarrollo nacional. Luego, la
descentralización como forma de estimular la participación popular. Ambas ideas
así formuladas conforman un importante criterio de autonomía de la gestión
educativa. Finalmente, la idea del sistema que trataremos más adelante. Como
fundamento de ese sistema enuncia principios básicos, sin los cuales no cumple
su cometido. En primer lugar, la enseñanza debe ser obligatoria: “La libertad
del hombre, y sobre todo el hombre en sociedad, no es ilimitada [...] la
libertad propia tiene por límite insalvable la libertad ajena [...] Si el
Estado exige ciertas condiciones para el ejercicio de la ciudadanía, que sólo
pueden adquirirse por medio de la educación, el padre que priva a su hijo de
esa educación comete un abuso que el poder público debe reprimir [...] en
defensa de los derechos del menor que son desconocidos [...] en salvaguardia de
la sociedad que es atacada en sus fundamentos” . Más adelante reitera: “El
Estado exige de todos los ciudadanos la posesión de ciertos conocimientos,
necesarios para el desempeño de la ciudadanía, y, respondiendo a esa exigencia
ofrece gratuitamente a todos los medios de educarse.” Insistimos en la
preocupación democrática de Varela. En la Constitución de 1830 que regía
entonces, los analfabetos no tenían derecho al voto. Por lo tanto, la
instrucción era la condición para la participación cívica. Pero además, la
educación aparece pensada como un elemento de nivelación social: gratuita para
todos, niños de todas las clases y de todos los cultos. “Los que una vez se han
encontrado juntos en los bancos de una escuela, en la que eran iguales, a la
que concurrían usando el mismo derecho, se acostumbran fácilmente a
considerarse iguales, [...] así, la escuela gratuita es el más poderoso
instrumento para la práctica de la igualdad democrática” . Pero esta pedagogía
de la igualdad no concebía las escuelas gratuitas del Estado como escuelas para
pobres. Era la escuela de todos los niños y llama a los padres pudientes y a
los desposeídos a enviar a sus hijos a las mismas escuelas comunes. “Pobres y
ricos, los niños que se eduquen juntos en los mismos bancos de la escuela no
tendrán desprecio ni antipatía los unos por los otros [...]21 . De acuerdo al
texto constitucional de entonces, la religión católica era la religión oficial
del Estado. También se consagraba la libertad de cultos. Adelantándose a muchos
pensadores, Varela sostiene que la escuela laica “responde fielmente al
principio de la separación de la Iglesia y el Estado” . Lo que persigue la
escuela pública, abierta a los niños de todas las creencias, no es un fin
religioso, sino un fin social. La escuela laica “no pertenece exclusivamente a
ninguna secta y, por la misma razón no es atea, ya que el ateísmo es también
una doctrina religiosa” . La enseñanza dogmática debe ser suprimida en esta
escuela de la igualdad. En primer lugar, porque al no ser el Estado una
institución religiosa debe asegurar el reino de la justicia y no favorecer a
una comunidad religiosa determinada. En segundo lugar, la escuela pública
gratuita está sostenida por el aporte conjunto de la sociedad donde se pueden
reconocer creyentes de todas las comunidades religiosas. “La educación que da y
exige el Estado no tiene por fin afiliar al niño en esta ni en aquella comunión
religiosa, sino prepararlo convenientemente para la vida del ciudadano” . Esta
concepción laica de Varela tiene profundas raíces en el racionalismo,
particularmente en el pensamiento de Bilbao. En este período aparece además
reforzado por un incipiente positivismo del que el propio Varela fue pionero.
Hacia un sistema nacional de educación
El sistema, si bien aparece
esbozado en La Educación del Pueblo, es desarrollado desde el punto de vista de
su gestión, administración y organización en La Legislación Escolar. En esta
obra se aprecia con claridad la influencia positivista en Varela: observar para
prever y prever para proveer. La obra es enviada con nota al Ministro de
Gobierno. El problema es que el gobierno en cuestión es la dictadura militar
del Coronel Lorenzo Latorre. Para un demócrata convencido no es una
contradicción menor y debió justificarla: “La razón fundamental que me ha
inducido a dirigirme a V.E. es que, reconocida la necesidad de dictar las leyes
que organicen debidamente la instrucción pública en nuestro país, creo que no
puede esperarse juiciosamente que esas leyes sean dictadas por las futuras
Asambleas, cualquiera que sea su composición; al menos si juzgamos del porvenir
inmediato por lo que el pasado de la República nos enseña”. La obra que
contiene el proyecto de Ley de Educación común no fue encargada por autoridad
alguna; es un trabajo impuesto espontánea y voluntariamente para servir al
país. El libro está dividido en tres partes. La primera se ocupa de “Nuestro
estado actual y sus causas”; en la segunda trata de “Los principios generales”;
en la tercera de “La aplicación de los principios”. Esta última parte contiene
su proyecto de ley. Al hablar del estado actual y sus causas, plantea la existencia
de una triple crisis, económica, política y financiera que surge naturalmente
de las dos anteriores. Este estudio supone la elaboración de un diagnóstico sin
el cual es imposible pensar soluciones válidas. Cuando trata de los remedios
para la situación deja en claro: “Todo es solidario en el desarrollo de la
existencia social, y por eso, persiguen una falaz quimera los que suponen que
basta realizar esfuerzos en este o aquel sentido, permaneciendo inactivas u
obrando contrariamente las demás fuerzas sociales para obtener transformaciones
radicales. Reconociéndolo, no incurriremos nosotros en el error de atribuir a
la instrucción del pueblo y menos aún a un proyecto de ley de educación el
poder misterioso que la fe religiosa atribuye a la absolución sacerdotal”. En
cuanto a los principios generales, considera la acción del Estado y la acción
local. Juzga como un error importante la centralización administrativa y la
uniformidad de las soluciones para situaciones concretas. “El elemento
democrático, el pueblo [...] no tiene intervención en la administración de la
escuela [...] De aquí resulta que el pueblo no considera la educación pública
como obra suya”. Un buen sistema de educación común debe combinar la acción del
Estado con la participación activa y decidida del pueblo. Pero la acción del
Estado no debe confundirse con la partidización de la acción pública. Por el
contrario, la independencia de administración de la educación común del resto
de administración pública es condición indispensable: “sin ella la educación
del pueblo seguirá el vaivén de las convulsiones políticas y tendrá una
existencia intermitente, débil y enfermiza”. Varela propugna una política de
Estado más allá de los partidos. La experiencia de nuestros países muestra el
abuso del poder partidario. “De esa manera, la administración pública refleja
siempre parcialmente las aspiraciones del pueblo y sólo cuenta con el apoyo de
fracciones [...] que no llegan a constituir nunca toda la comunidad”. El
sistema nacional de educación está concebido en etapas. Jardines de Infantes.
Están destinados a niños de 3 a 6 años, con actividades de juego y trabajo
apropiados a la edad, a su naturaleza y a sus intereses. Deben satisfacer el
deseo de movimiento, “donde corran, varíen de posición, jueguen y sobre todo
respiren aire puro”. Enseñanza Primaria. Recibirán niños de 5 a 15 años con
carácter obligatorio. Debe ajustarse a un orden racional y tener en cuenta la
capacidad de aprender que posee el niño. Debe proponerse la adquisición del
conocimiento y uso del lenguaje, el ejercicio y nutrición de las distintas
facultades y poderes y la adquisición de aquellas ideas y conocimientos que
puedan darle “los materiales necesarios para la vida del pensamiento. Adquirir
el modo de usar, de la mejor manera posible todas las facultades intelectuales,
es el fin primordial de la cultura mental”. Para ejercer en estas escuelas, se
deberá poseer el título de maestro, que reconoce varios grados. Enseñanza
secundaria. En este nivel debe atenderse a los conocimientos que “más necesita
el hombre para responder a las exigencias ulteriores de la vida”. Y para esto
tenemos que considerar “no sólo al hombre en sus aspectos intelectuales,
morales y físicos sino también a la sociedad en que vive [...]”. Formación de
maestros. Fundamenta su necesidad: “no es posible organizar buenas escuelas sin
buenos maestros ni es posible tener buenos maestros sin escuelas normales. El
maestro debe estar iniciado en la ciencia de la educación: la educación ofrece
sus hechos, y ellos son tan numerosos y tan profundamente interesantes como los
hechos de cualquier otra ciencia; esos hechos son susceptibles de una
clasificación y un arreglo tan filosófico como los de la química y la
astronomía [...]”. El positivismo brilla en Varela cuando define las exigencias
científicas de la labor del maestro. Además de la formación científica, el
maestro debe adquirir el arte de enseñar y para ello son necesarias las
escuelas modelo, hoy llamadas escuelas de práctica.
¿Reforma o revolución? El problema del método
Desde sus primeros escritos,
Varela plantea el problema del método como cuestión relevante en cualquier
práctica educativa, y aun puede decirse que lo presenta como una característica
con fuerza de definición para la concepción general de la educación. Sin embargo,
puede advertirse un énfasis diferente sobre el tema entre los planteamientos
iniciales, más generales, y las apreciaciones de sus últimos años, cuando ya
estaba al frente de la tarea práctica, concreta, de llevar adelante la creación
de un estilo nuevo de la enseñanza primaria para un país nuevo que empezaba a
nacer. En La Educación del Pueblo dice: “el método se refiere al modo
particular cómo se desarrolla y presenta a la mente aquello que se trata de
enseñar. Es simplemente la forma exterior mientras que la instrucción es la
sustancia —pero ésta determina aquella: así que el método debe amoldarse a las
vistas que tenemos acerca de lo que constituye la educación”
Sin duda, la idea que se tenga
con respecto a los fines y objetivos de la educación determina la elección de
los métodos y al mismo tiempo la importancia que se le pueda atribuir en
relación al proceso enseñanza-aprendizaje. En este sentido agrega: “Si creemos
que la educación consiste en comunicar cierto número de hechos, en recargar la
memoria, sin cultivar las otras facultades, poca atención tenemos que prestar
al método, ya que nos será fácil el resultado que nos proponemos. Pero si
consideramos la educación como un auxiliar poderoso para el desarrollo de una
vida íntima, como un llamamiento a un ejercicio, activo y armonioso, de las
distintas facultades y poderes con que hemos sido dotados por la Naturaleza, y
si creemos que ese progresivo desarrollo se muestra en un orden determinado y
de acuerdo con ciertas reglas generales e invariables, es de la mayor
importancia el método que adoptemos para favorecerlo”. El problema del método
aparece planteado en relación estrecha con las características del educando. No
surge una priorización de validez general para todas las edades si es que se quiere
atender al “desarrollo de su triple naturaleza física, intelectual y moral”. De
acuerdo a las tendencias admitidas en su época, reconoce la existencia de dos
métodos: el analítico y el sintético. Dado que “en la infancia, y aun hasta muy
avanzada la niñez, sólo se ejercitan las facultades perceptivas; las lógicas no
se manifiestan hasta un período mucho más tardío [...] Debe seguirse con los
niños el método analítico, mostrando los objetos y dando las definiciones a
medida que se avanza, y después de algún tiempo, cuando el análisis haya
aclarado la vía, hacer que la síntesis se presente y reúna, en un todo
armónico, los elementos que han flotado dispersos en la superficie de la
mente”. Pero, además del condicionamiento surgido de las características del
educando, se debe considerar el que proviene de la materia que se trata. Guiado
por este tipo de ideas, hace hincapié en las llamadas “Lecciones sobre
objetos”, que si bien ya se manejaban en el plano teórico de algunos círculos,
no estaban incorporados a las prácticas habituales de las escuelas. En sí
mismo, este tipo de actividad implicaba una revalorización del mundo físico con
relación a las especulaciones abstractas sin vínculo inmediato y evidente con
la realidad. La educación intelectualista basada sustancialmente en el uso y el
abuso de la memoria tendió siempre a despreciar estos aspectos de la realidad.
Contra esta situación Varela recomienda las mencionadas “Lecciones” orientadas
por una metodología que atienda a ese propósito. Por aquí surge claramente la
concepción de la educación activa que impulsó y el respeto por los intereses y
las capacidades de los niños: “Si es practicable, permítaseles que lo agarren
(al objeto), le den vuelta y lo miren por todos lados”. Pero no se trata
solamente de la actividad física que implica la manipulación del objeto: “debe
descansar principalmente en la acción de los poderes propios de los discípulos
para el descubrimiento de nuevos hechos. Como regla general, no debe decirse
nada a los discípulos que ellos puedan descubrir por sí mismos [...] el niño
solo aprende bien lo que aprende por esfuerzo propio . Pero, además, esta
actividad debe transformarse en un ejercicio de libertad intelectual:
“favoreciendo los hábitos de libertad al hablar, haciendo que se den todas las
explicaciones posibles acerca de un objeto cualquiera, sin necesidad de que el
maestro los guíe por medio de preguntas, con el objeto de acostumbrarlos a
pensar por sí solos y sin tener quien los dirija en la ruta que deben seguir
sus ideas” . Pero estas ideas no solamente fueron desarrolladas con respecto a
los límites y posibilidades de la enseñanza primaria. Cuando analiza la
realidad de la enseñanza universitaria de su época, critica severamente el modo
en que se lleva a cabo la formación en el campo de la física, la química y la
zoología “sin que haya un solo aparato ni un solo espécimen zoológico”.
Considera que las ciencias experimentales se enseñan lo mismo que la filosofía
especulativa, sobre la base del texto y las disertaciones teóricas; “fácil es
comprender cuáles serán los resultados de un método semejante”.
Como si esto fuera poco, la
Universidad Mayor no considera la real situación de los estudiantes que cursan
allí y tampoco reconoce orden y gradación en los conocimientos. También aquí se
aprecia el desdén por el método. En estas condiciones, los jóvenes que egresan
de la Universidad tienen la acreditación pero no el conocimiento. Varela
rescata la necesidad del conocimiento y del método para ingresar al campo
científico: “A medida que el joven estudia las ciencias matemáticas, físicas,
químicas, naturales, siente despertarse en sí mismo una curiosidad escrutadora;
se acostumbra a ver, a formarse ideas propias, a recoger los hechos que
observa, a someterlos al control de la experiencia, a buscar su encadenamiento
y las leyes a que están sometidos.” . En el marco teórico de estas
concepciones, Varela impulsa la práctica de la reforma escolar. Ya en los
primeros años sentía la necesidad de ofrecer al país un balance de resultados,
por provisionales que fueran. En la memoria correspondiente al período
comprendido entre el 1 de abril de 1876 y el 1 de agosto de 1877 recordaba que
se habían realizado mejoras accesorias en la escuela pública dejando “tal como
se encontraba el alma, digámoslo así, de la enseñanza. Hace continuado la vieja
rutina de preocuparse solo de instruir, empleando, como medio para conseguirlo
el ejercicio exclusivo de la memoria, con perjuicio de todas las demás
facultades físicas y mentales del niño”38. Hasta este momento podemos decir que
la reforma no es más que un proyecto lúcido que está naciendo. “Cada maestro, y
especialmente cada viejo maestro, tenían un núcleo de padres que le eran
favorables, su personal de alumnos y de ayudantes que le sostenían. Así, cada
escuela era una especie de fortaleza donde el maestro respectivo se encontraba
atrincherado; nuevos métodos, ideas nuevas, transformaciones, reformas que
trataban de realizarse, todo moría, se hundía en los pozos de que la tradición
rodeaba la escuela”. La nueva escuela exigía la muerte de la vieja escuela; el
arma era el método. “Era necesario pues disolver la vieja escuela, derrumbar el
viejo edificio, hacer desaparecer completamente la antigua organización [...]
en una palabra, produciendo temporalmente el caos para anular la tradición y
hacer fácil y posible la reforma proyectada”. Hacia 1878, la situación había
cambiado en apenas dos años. A principios de enero de 1879, se reunieron
durante catorce días los escolares con sus maestros para apreciar sus progresos
relativos. En el discurso inaugural, dice Varela que en el campo de la teoría
hay siempre lugar a dudas, a discusiones: “Según el punto de vista desde el que
se encaren las gestiones [...] No sucede lo mismo cuando se baja al terreno de
la realidad de la práctica: los hechos hablan con una elocuencia que no puede
contestarse; están ahí, hay que verlos, que reconocerlos, aunque no se quiera,
aunque pugnen contra nuestras opiniones, aunque nos parezca absurdo que se
hayan producido. Y bien, nosotros estamos convencidos, de que los hechos, la
realidad, la práctica, hablan resuelta, decidida, elocuentemente en favor de la
reforma escolar”. Tras esas jornadas de evaluación pública, Varela realiza la
comparación de los resultados obtenidos en las escuelas donde triunfaban los
nuevos métodos y aquéllas donde todavía no se habían afirmado: “[...] se hacen
evidentes las diferencias radicales que separan al antiguo del nuevo sistema;
la vida, la acción, el movimiento, la alegría, el entusiasmo, la emulación
caracterizan la nueva escuela; el quietismo, el tedio, la aversión al estudio y
al maestro, la parálisis intelectual y moral, la falta de todo estímulo, de
toda aspiración, de todo placer, son los rasgos característicos típicos de la
antigua escuela” . La cuestión del método, recurrente en Varela, aparece
entonces con mayor claridad y fuerza. La reforma se ha consolidado, es una
realidad; el estado de las escuelas públicas, los métodos que en ella se
siguen, la manera como se desenvuelven los programas, la calidad del grado de
instrucción de cada niño dan cuenta acabada de que los nuevos sistemas, los
nuevos métodos han desplazado a la vieja escuela. Con motivo de un acto de
entrega de premios, Varela prepara un discurso donde define su concepción del
método como instrumento de la revolución educativa más allá de las reformas,
por importantes que ellas sean: “Modificar los sistemas generales de enseñanza,
promulgar nuevos programas, en armonía con las exigencias de la época presente
y de la sociedad en que se vive, adoptar textos en los que se encuentre
retratada la vida nueva, en lugar de conservar los textos fósiles de la antigua
escuela, cambiar los procedimientos que se han de seguir en la trasmisión del
saber, es sin duda realizar reformas de no pequeña importancia: pero todo eso
se refiere a la instrucción, a lo que es relativamente secundario, a lo que
solo altera la fisonomía de las escuelas y de los pueblos. Si a eso se limitan
las reformas se hará de un pueblo ignorante un pueblo instruido, versado en el
conocimiento de lo que otras sociedades y otros hombres hicieron antes o hacen
ahora: pero no habréis aumentado sino en muy pequeña escala la capacidad de
producir, de crear, de inventar. Pero sustituir al viejo método mecánico por el
método racional, es penetrar en el alma misma de la escuela y del pueblo,
aspirar a que se transformen los hábitos, las costumbres, las ideas y las
aspiraciones de la sociedad entera. La reforma puede estar y está en la
introducción de nuevos sistemas de nuevos programas de nuevos textos, pero la
revolución está en el método. Aquélla modifica la instrucción, éste cambia la
educación: ¡la educación! el molde en que se vacía el espíritu y el corazón de
las nuevas generaciones”
De Varela al futuro
Las concepciones estrictamente
pedagógicas de Varela pueden ser, y seguramente en muchos aspectos lo son,
superadas por los progresos teóricos frente a nuevas realidades. Pero lo que
sin duda permanece inalterable, es el marco político-social en el que inscriben
los problemas de la educación popular. Forman parte del patrimonio cultural del
país la idea de la educación pública igualitaria y gratuita, la idea de
laicidad, el método racional, la autonomía de la enseñanza. También es una
herencia del período vareliano la consideración de la educación como problema
nacional, como problema de todos. Desde esa época las turbulencias en el
sistema educativo son capaces de provocar tempestades sociales en nuestro país.
Porque aunque no se diga siempre y bastante, el destino de la educación
nacional está indisolublemente ligado a las luchas por la democracia.
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