FIGARI, EL PEDAGOGO OLVIDADO
FIGARI, EL PEDAGOGO OLVIDADO
Jorge Bralich
jbrassi@adinet.com.uy
Hablar de Figari
como pedagogo quizás pueda sorprender a algún uruguayo desprevenido -y aún quizás, a algún uruguayo “culto”- porque
en el imaginario nacional, Figari ha estado asociado, casi exclusivamente, con
la pintura, pero como veremos a través de este ciclo él fue, no solamente un
destacado jurista, sino también un activo legislador, un importante filósofo, autor
de una obra esencial como “Arte, estética e ideal” y -fundamentalmente para
nosotros- un educacionista de primera línea. En efecto, hace alrededor de un
siglo, Figari desarrolló una intensa actividad como pedagogo, ya fuera
presentando proyectos, escribiendo artículos o -por fin- como director de la
enseñanza industrial.
Para
comprender mejor la importancia de Figari en nuestro proceso educacional,
tenemos que revisar -brevemente- como era el contexto en el que se produjeron
los aportes de nuestro pensador. Veamos; ellos surgieron en un entorno social y
cultural distinto al de hoy: era la etapa de la construcción de nuestro sistema
educativo, un sistema que hoy definiríamos como en estado de crisis de crecimiento. En aquel entonces -a fines
del siglo XIX y comienzos del XX- la escuela primaria se afirmaba como una
educación universal, moderna, profesionalizada; la Universidad comenzaba
a modernizarse, perdiendo el viejo tono casi medieval que tenía (una única
Facultad de Jurisprudencia, colaciones de grado solemnes, etc.) para
convertirse en una institución moderna, en donde se enseñarían ciencias
experimentales, con cursos de fisiología, de química, de mecánica, etc.; por otro lado, la enseñanza
media -que aún dependía de la
Universidad- ampliaba sus planes de estudio y comenzaba a
considerarse la posibilidad de desligarla de los estudios universitarios para
darle una personalidad propia: no debía ser meramente "preparatoria"
de los estudios superiores, sino formadora de la juventud. Por último la
enseñanza técnica arrastraba -todavía- el estigma de ser una institución correccional
para niños y jóvenes de mala conducta (incluso delincuentes), tanto es así que
en 1913, en una cartilla de divulgación de lo que se llamaba entonces
"Escuela Nacional de Industrias", se aclaraba que ésta no era una
institución correctiva.
En este
contexto, Figari se presenta con una propuesta educacional renovadora: él
quiere formar al "obrero-artista" y detrás de esta expresión, que
puede parecer ambigua o contradictoria, se esconde una concepción renovadora aún
para hoy. En efecto, el "obrero" es concebido corrientemente como
aquel que manipula herramientas -simples y complejas- que usa sus manos para
producir “cosas” (una simple mesa, un navío, un edificio) cosas que han sido
diseñadas y pensadas por otros, en tanto el "artista" es el que también
crea con sus manos, sí, pero a partir de una concepción propia, de una idea
propia que él busca plasmar en la realidad, que él la analiza, que experimenta
con ella. El artista no es un chimpancé que toma un pincel y embarduña una tela
con pintura, sino aquel que siente dentro de sí una sensación, un sentimiento,
que necesita volcar hacia fuera mediante una expresión material, concreta, sea
un cuadro, una escultura, una fotografía, una melodía. Pues bien, ¿pueden
asociarse -entonces- esas dos figuras: la del obrero y la del artista? El
propio Figari lo acepta y lo propone de
esta manera:
“El fin racional de la institución no
puede ser el de formar simples operarios, más o menos hábiles, oficiales
mecánicos, artesanos, en la estrecha acepción que se da a esta palabra y ni aun
contramaestres y jefes de taller…” “Más racional y más digno del Estado sería
formar artesanos en la verdadera acepción que debe tener esta palabra, dada su
etimología, es decir, obreros-artistas, en todas las gradaciones posibles".
Quizás aquí convenga detenernos un
poco en este concepto de "arte". Recordemos que siglos atrás: el
artesano no se distinguía del artista, el vocablo "arte" provenía del
latín "ars", que a su vez era la traducción del vocablo griego
"tekné", que significaba, simplemente "saber hacer". Arte y
técnica no sólo estaban emparentadas: eran la misma cosa. Fue mucho después,
que comenzó a denominarse "arte" sólo a las "bellas artes"
(las "musikai tekne" de los griegos, el "saber hacer de las
musas"), aquellas que hoy no sólo llenan los salones de exposición, sino
que dan lugar a pingües negocios. El herrero que construía un portal de hierro,
bellamente ornamentado, producto de su imaginación y su habilidad, era un
"artesano". Es en esa línea que Figari apuntaba.
Veamos
como desarrolla él esta concepción para su proyecto de escuelas técnicas; Figari
nos propone:
“Dar
instrucción práctica más bien que teórica, adoptando procedimientos
experimentales, de modo que el educando consiga por sí mismo el resultado que busca.
Educar
el criterio dentro de las peculiaridades de la individualidad del alumno,
respetando y aún estimulando sus energías modales como una fuerza estimable…
Despertar
y desarrollar la inventiva del alumno por medio del proyecto y de la crítica,
basados fundamentalmente en un propósito de adecuación productora.
Despertar
y desarrollar su espíritu de observación y de análisis, enseñándole a razonar y
a sintetizar.
Cultivar el criterio
del alumno más aún que su manualidad…
Debe
regir en la enseñanza, la mayor libertad compatible con el orden.
La
asistencia a las clases debe ser enteramente libre, de modo que cada cual pueda
recoger los recursos de acción que necesita..."
Vemos entonces que esto no era
formar -meramente- al obrero especializado, al "técnico", en el
sentido de un aplicador de recetas: era una "educación integral",
según el mismo Figari la denominó en algún momento. Por cierto que Figari
utilizó en sus artículos y proyectos expresiones que pueden resultar engañosas:
él habló de “Escuela de Bellas Artes”, de “Escuela de Artes”, de “Enseñanza
Industrial”, pero su pensamiento está dirigido netamente a crear instituciones
para la formación integral de la juventud. Las propuestas que acabamos de
mencionar hablaban de "procedimientos experimentales", de "educar
el criterio", de "desarrollar
la inventiva", de "despertar el espíritu de observación y de
análisis", de "enseñar a razonar", de "asistencia
libre"... Todas estas expresiones de Figari marcan la impronta de su
pensamiento educacional, un pensamiento que no está referido exclusivamente
para las escuelas "técnicas", sino para toda la enseñanza. Decía esto:
"La enseñanza industrial debe ser la base de
la instrucción pública”... “Según el concepto corriente, se le da al
vocablo ‘industrial’, una acepción técnica, puramente, mientras que según
nuestro modo de ver significa productividad, aptitudes para esgrimir el ingenio
práctico, iniciador, creador, ejecutivo, fecundador y ordenador, lo que
presupone una instrucción educativa integral"[1].
Recordemos
como Figari visualizaba el trabajo pedagógico; decía así en su proyecto de
reorganización de la vieja Escuela de Artes y Oficios:
"En estas clases el profesor propone
solucionar una dificultad cualquiera o que se proyecte una construcción más o
menos simple, por ejemplo: un candelero, una percha, una silla, etc.; los
discípulos modelan, dibujan o exponen su solución y entonces el profesor
examina y juzga en forma crítica las soluciones presentadas, haciendo resaltar
sus cualidades y defectos, comparándolas con lo ya se haya hecho, analizándolas
al través de los diversos criterios admitidos y de toda otra tendencia
conocida, encareciendo el carácter y la originalidad de la obra, así como su
adaptación, entre las mejores cualidades, poniendo de relieve las demás
condiciones que el alumno ha manifestado, tanto las buenas como las malas y
expresando el profesor lo más claramente posible los fundamentos del juicio
crítico emitido"
.
Como vemos, aquí el educador está
lejos de ese papel de simple presentador de respuestas que el educando debe
aprender, o -peor aún- que debe simplemente memorizar. Aquí el educador
enfrenta al educando a una dificultad, a un problema, lo hace trabajar, lo guía
en su esfuerzo por encontrar la solución, lo guía en el aprendizaje. Es la
vieja concepción del maestro de taller, que no se limita a enseñar una técnica
y luego evaluar si la adquirieron o no, sino que está al lado del aprendiz,
mientras éste hace su aprendizaje. "Cultivar
el criterio del alumno más aún que su manualidad" recomendaba Figari,
lo cual deja en claro que no era una mera educación "técnica" (en el
sentido que acostumbramos a darle) lo que proponía, sino una educación
integral, como lo vimos hace un momento. Y hay algo más: está el énfasis de
Figari en la actividad manual no como fin en si misma, sino en estrecha
interrelación con el cerebro: la mano estimula al cerebro y el cerebro dirige
la mano, algo olvidado hoy casi por completo en casi todos los niveles de
enseñanza. A partir de la educación inicial (las "clases jardinera"),
en donde el niño recorta, pega, dobla, pinta, etc. la actividad manual casi
desaparece, o -a lo sumo- se muestra en algún momento especial, como mero
complemento de los cursos regulares. De ahí que el adolescente egresa hoy de la
enseñanza secundaria sin saber manejar una herramienta de uso corriente
(martillo, alicate, sierra): ha sido bombardeado con palabras y le han enseñado
a responder con palabras, al discurso del educador responde con un discurso que
procura sea similar a aquel y será premiado cuanto más se asemejen ambos.
Pero fíjense ustedes que interesante
es esto: décadas más tarde, un continuador de Figari -el Director de la Universidad del
Trabajo, Dr. José F.Arias, en su libro "Universidades del Trabajo"
volverá a esa idea de "educación integral":
"Cuando la enseñanza tecnológica o del trabajo, tenga una mayor
comprensión, divulgación y prestigio, y en cuyo camino está la Universidad del
Trabajo, abarcará en su obra cultural y tecnológica, toda la enseñanza de los
jóvenes de 14 a
19 años, pudiendo tener la pre-vocacional de los 13 años"
......................
Las Universidades del Trabajo, llegarán
a ser así, centros completos formativos de toda la juventud y el pase obligado
para que los que en ascenso de conocimientos y capacidad de esfuerzos,
continúen hacia las formaciones profesionales superiores."
Veamos ahora cual era el panorama
que se presentaba en el sistema educativo en el que Figari propone insertar su
educación integral. Tengamos presente que la enseñanza técnica era en aquel
momento una de las dos vías de estudio que se le presentaban al adolescente que
culminaba sus ciclo escolar. La otra vía era la que ofrecía la Universidad , a través
de su Sección Enseñanza Secundaria. Ésta era una enseñanza de tipo teórico,
verbalista, más allá de que se hubiese comenzado a enseñar ciencias naturales y
el propio Figari lo señala diciendo:
"Es cierto que en las escuelas, liceos y
universidades se enseña matemáticas, física, química, mineralogía, botánica y
otras ciencias naturales, pero no es menos cierto que se enseñan estas ramas
con un propósito de diletantismo más bien, para llenar una curiosidad
especulativa, que, si forma un barniz cultural, no prepara una cultura
efectiva, como lo sería un enseñamiento práctico, integral". "El plan
general de la instrucción pública, si bien es avanzado y ha prestado
importantes servicios, no basta para llenar los fines integrales de la nación,
ni lo pretende, porque es de naturaleza y de efectos principalmente teóricos....
¿Que puede hacer el "teórico", que no sea enrolarse en las filas de
los burócratas o en la de los "intermediarios" que viven sirviendo de
algún modo, es verdad, pero siempre a expensas del productor? ¿Que puede
producir el que jamás ejercitó su ingenio en el sentido de transformar y
utilizar las riquezas naturales?
La
concepción que se tenía de la enseñanza media en los ámbitos universitarios era
algo distinta a la que proponía Figari. Eduardo Acevedo -por entonces Rector de
la Universidad-
señalaba en 1906:
“El problema de la enseñanza media no está resuelto, no se ha
planteado siquiera en el país. Tenemos enseñanza primaria y enseñanza
preparatoria (....) No tenemos enseñanza verdadera media, faltándonos los
liceos que en Europa y en Norte América responden a ese fin.(....) las naciones
no son moralmente grandes, no son intelectualmente fuertes, por lo que vale un
círculo reducido al que se llama elite intelectual. Que esta elite
necesita encontrar una esfera inmediata más, mucho más numerosa, capaz de interpretar
sus ideas, capaz de realizar muchos de los propósitos que aquellas tiene que
limitarse a señalar. Esa clase intermedia, ilustrada y educada, en aptitud de
comprender las verdaderas necesidades de la vida, dotada de espíritu científico
a la vez que de espíritu práctico ¿donde puede formarse? Únicamente en liceos
de enseñanza media, como los ha planeado el Consejo Universitario".
Surge de estas reflexiones que se estaba
queriendo conformar una clase media "intelectual", que sirviese de intermediaria
entre la clase dirigente y la masa de la población, pero con la vista puesta
-aparentemente- en el plano político: la alta clase diseña el país, lo dirige,
la clase media "ilustrada" explica, traduce, ese proyecto a las masas.
Por cierto que aquí se habla de una clase media dotada -también- de espíritu
práctico, pero en los hechos la enseñanza que se impartía no rozaba ni siquiera
lo "práctico": un único curso de industrias hubo allá por los años 1918
que fue prontamente eliminado de los planes de estudio. Figari -en cambio-
pensaba en la creación de una clase "productora", puesto que -según
sus palabras-
"Ante todo es menester
formar el "ambiente productivo nacional". Para ello no basta que haya
un alto porcentaje de "hombres instruidos"; es preciso que haya un
gran promedio de hombres que "sepan" trabajar y "quieran"
trabajar, a fin de que el espíritu de empresa y de asociación pueda determinar
las formas cooperativas del "esfuerzo productor progresivo"
.
Nuestra Enseñanza Secundaria falló en este sentido. Algunas décadas
después, en 1947, Antonio Grompone -en cierta manera otro "olvidado"
en nuestra historia educacional- en su libro "Los problemas sociales de
Enseñanza Secundaria", señalaba:
"Los estudios de enseñanza media presentaban
una oportunidad para crear una clase distinguida, no desde el punto de vista
intelectual, sino en el aspecto social. (...) Se crearon liceos
departamentales, se extendió la enseñanza media en todo el país con el
propósito de que la cultura llegara a la masa del pueblo, a fin de preparar al
hombre y habilitar al ciudadano para el ejercicio de sus derechos y el
cumplimiento de sus deberes, etc. y continúa afirmándose ese estado de
espíritu como el paso inicial para obtener el título universitario.(...) En
realidad, ni el medio familiar, ni la mentalidad de los adolescentes de las
clases medias, son propicios para orientarse hacia el trabajo manual y su
destino ya está trazado al buscar cualquier camino, menos el de obrero".
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Hoy, un siglo después de que Figari
planteara con tanta claridad sus ideas acerca de la educación de los jóvenes,
nos debatimos en un laberinto de dilemas, propuestas y acusaciones. Bajos
rendimientos, deserción, inasistencias, violencia; docentes, padres y jóvenes,
desconformes, reprochándose mutuamente las causas de esta situación. Nosotros
nos preguntamos: ¿no será alguna de estas causas, no haber prestado atención a
aquellas viejas propuestas de hace un siglo?
Sería quizás muy adecuado, rescatar
las ideas de Figari para nuestra enseñanza media, evitando aquellas reformas
que se reducen a quitar o agregar asignaturas, aumentar las horas de clase o
premiar con dinero a aquellos que no abandonan los estudios. Tampoco se trata simplemente
de "enseñar a trabajar" sin aclarar que tipo de trabajo va a realizar
el educando: si se trata de manejar una máquina diseñada por otros (y entonces tendrá
que aprender inglés para leer el manual, como lo sugería el Presidente Mujica
en una entrevista), o si se trata de "redactar el manual" de la
máquina que diseñamos. El planteamiento de Figari era muy claro: "Cultivar el criterio del alumno más aún que
su manualidad"; diríamos nosotros: "que el alumno aprenda a redactar
los manuales más que a leerlos". Siguiendo este camino tendríamos -por un
lado- que "formar la cabeza":
por un lado de los educandos y por otro lado, de los educadores, ubicando a
estos en su papel de guías del aprendizaje, de tutores, más que de expositores
de verdades ya formuladas y que deben aprenderse. Por otro lado, tender a una
verdadera "educación integral", no una "cultura general" entendida
como un saber acumulado, enciclopédico (ciencia, filosofía, arte plásticas,
música, etc.), sino como un desarrollo pleno del ser humano en todas sus
facetas: física, intelectual, afectiva: en resumen, el
"obrero-artista" que Figari quería formar.
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